Burocracia, corrupción y pobreza.

Actualizado: 17 may

Escrito por webmasteren Política



Guatemala es uno de los países más pobres de América Latina y por ende del Mundo. Llevamos décadas debatiendo sobre las causas de la pobreza y parece que no hemos avanzado mucho. Una de las razones por las que no hemos progresado mucho es precisamente porque se habla mucho de las ¨causas de la pobreza¨ y no de las ¨causas de la riqueza¨. En realidad, la pobreza es el estado natural del ser humano. Venimos desnudos al Mundo, sin nada, absolutamente ningún bien material. Es a través de la utilización de nuestra razón, evidentemente las más desarrollada del reino animal, que podemos transformar en herramientas útiles las cosas que nos rodean y de esa forma crear riqueza. Es decir, entiéndase la riqueza como la acumulación de todos esos bienes materiales o intelectuales que nos permiten vivir mejor. Ese proceso de acumulación de riqueza se facilita o dificulta a los individuos en cada país dependiendo de las condiciones e incentivos que existan para que ese proceso se dé. Todo lo anterior es posible en un ambiente en donde se respeten la vida, la libertad y la propiedad de cada uno, es decir se facilite la cooperación social. Lastimosamente, no podemos falsear la realidad, hay algunos individuos que prefieren apropiarse de las cosas ajenas a través de métodos no voluntarios en vez de ganárselas satisfaciendo las necesidades de los demás. Es allí en donde nace, en algún punto de la historia, la justificación de la existencia del ¨gobierno¨ para garantizar la protección de nuestros derechos ante las transgresiones ilegítimas, y muchas veces violentas, de otros en contra de nuestros derechos individuales. De allí nace el poder coercitivo de los gobiernos. La facultad de utilizar la fuerza en contra de un individuo, supuestamente, para que se respeten los derechos individuales de otro. A las personas que forman parte de los gobiernos les llamamos burócratas y al conjunto de esos burócratas, burocracia.

En teoría, los gobiernos debieran servir para proteger nuestros derechos individuales. Para garantizar un ambiente de paz y respeto mutuo en donde podamos cooperar pacíficamente, es decir, para que podamos producir, intercambiar y consumir bienes y servicios lo más libremente posible. La realidad nos ha enseñado que la naturaleza del hombre en una posición de poder ante otro es la tendencia a abusar de ese poder. Que la persona que debería ser garante de nuestros derechos se convierte en la principal amenaza de la violación de estos. Allí es donde nace la corrupción del sistema. En ese abuso de poder de parte de los gobernantes para usarlo arbitraria y abusivamente en contra de los gobernados. Evidentemente, entre más abuso haya de parte de los gobernantes en contra de los gobernados, más difícil, y hasta imposible, se hará el proceso de creación de riqueza. Si el abuso es demasiado, el gobierno se convierte no sólo en un obstáculo a la creación de riqueza sino en un destructor de la riqueza que se haya podido generar. Veamos ejemplos cercanos y extremos de esto a los gobiernos de Cuba, Nicaragua y más recientemente Venezuela, aunque, por supuesto, los gobernantes de Guatemala no se quedan muy atrás. Todas esas malas experiencias, con la mayoría de los gobiernos, han llevado a un proceso de aprendizaje a la humanidad para buscar limitar el actuar arbitrario de los gobernantes. Posiblemente las herramientas más efectivas, a lo largo de la historia, para limitar el poder de los gobernantes han sido los textos constitucionales y las leyes, pero hasta estas herramientas jurídicas se han corrompido, en el sentido antes descrito, o sea, para favorecer los abusos de los gobernantes en detrimento de los derechos individuales de los gobernados. En otras palabras, y para dejarlo claro, la corrupción de los gobiernos comienza al darles atribuciones más allá de la defensa de la vida, la libertad y la propiedad de las personas, por la sencilla razón que los gobernantes, con seguridad, utilizarán esos poderes coercitivos en contra de los gobernados, en contra del fin principal de su existencia que debería ser asegurar que se respeten los derechos individuales de las personas.

Entendido ya que la corrupción de los gobiernos comienza con atribuirse funciones que no les corresponden, en detrimento de la libertad de los gobernados, entonces podemos entender la causalidad que existe entre burocracia, corrupción y pobreza. Las burocracias, por naturaleza de la acción humana, son corruptas. Como vimos, la corrupción va mucho más allá de malversar fondos públicos. La corrupción comprende toda actividad de las burocracias que violen los derechos a la vida, la libertad y la propiedad de las personas. Contra esos ataques ilegítimos a los derechos individuales es que debemos dirigir nuestros recursos escasos. No saldremos jamás de la pobreza si no atacamos la corrupción de las burocracias en el sentido que he descrito. Todo intento y discurso de lucha contra la corrupción que no lleve aparejada una lucha contra las burocracias no tendrán mayor efecto porque no promueven en realidad un clima de respeto a los derechos individuales entre los hombres para generar progreso. Se queda muy corta, y además es peligrosa como más adelante lo describiré, la lucha contra la corrupción que se entienda únicamente como la persecución de gobernantes que hayan hecho mal uso de los recursos públicos. Es peligroso el concepto restringido de la lucha contra la corrupción que se circunscribe a acciones penales en contra de algunos gobernantes corruptos, porque es imposible evitar la corrupción si por otro lado se está incentivando el crecimiento de la burocracia, y de las funciones de los gobiernos, más allá de la defensa de la vida, la libertad y la propiedad de las personas. Las malas experiencias y las graves violaciones a derechos individuales a través de la historia por la exacerbación del derecho penal son abundantes. No por nada se desarrolló el ahora principio universal de ultima ratio del derecho penal.

En Guatemala, como en cualquier parte del Mundo y en cualquier época de la historia, mientras más poderes se le atribuyan a un gobernante más incentivos perversos habrán para que los utilice de forma arbitraria en contra del gobernado y este último, ante la desesperación de por poder mejorar las condiciones de vida propias y de sus seres queridos (me refiero al hombre honesto, que busca el lucro a través de satisfacer las necesidades de los demás) sucumba ante el sistema corrupto, quedando muchas veces a merced de la persecución penal selectiva de otro funcionario público con malos incentivos. Con esto no quiero decir en ningún momento que no debe perseguirse penalmente a quienes delinquen en contra del erario nacional, pero debe entenderse que esos esfuerzos serán inútiles para generar el resultado de cambiar el sistema de incentivos perversos que se genera dentro de una burocracia que no está interesada en servir al ciudadano sino, más bien, buscará, en su mayoría, un beneficio personal. Hay soñadores, también populistas, que no reconocen los presupuestos fundamentales de la acción humana, pero lamento desilusionarlos con la realidad. Nos encontramos todos los días con discursos políticos, académicos, periodísticos, etc. hablando de cómo las cosas mejorarían si las ¨personas correctas¨ llegaran al poder (siempre habrá excepciones de burócratas honestos y bien intencionados, pero no son la generalidad) y la evidencia nos demuestra que, si no se reducen las burocracias en tamaño y funciones, no importa el discurso del gobernante de turno, la mejora en el nivel de vida de los gobernados simplemente no llegará. Mientras se le atribuyan funciones ilegítimas al gobierno, que vayan más allá de la intervención mínima para preservar los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad, los incentivos serán demasiado grandes para abusar del poder, no disminuirá la corrupción y tampoco saldremos de la pobreza. Debemos reducir las burocracias, y las regulaciones que las acompañan, al mínimo de su función esencial, así de simple. Esto no es nada nuevo, sólo hay que aprender de la historia para no repetir los mismos errores.











Luis Pedro Álvarez.

Amante de la libertad.

Abogado y Notario.

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