El emprendedor y el capital: el motor y combustible de la sociedad.
Disfrutamos de una abundancia sin precedentes de bienes y servicios en el mercado, pero solemos olvidar una verdad fundamental: toda esta producción material fue precedida por individuos que invirtieron y arriesgaron su tiempo, su capital, su energía y talento en desarrollar todos esos bienes que hoy podemos disfrutar.
Imaginemos la economía como un vehículo. El motor que lo impulsa hacia adelante es el sector privado, impulsado por la acción humana y el ingenio del emprendedor. Pero un motor no funciona en el vacío; necesita combustible. Ese combustible es el capital —el ahorro acumulado, la tecnología y el esfuerzo de quienes decidieron posponer su consumo presente para invertir en el futuro—.
El Estado no es el motor, ni genera una sola gota de ese combustible. Su única función es introducir una manguera en el tanque para extraerlo (mediante impuestos) y redistribuirlo, o consumirlo él mismo. Las obras públicas y los servicios sociales no caen del cielo: se pagan quemando el combustible que el emprendedor y sus trabajadores generaron previamente en el sector privado.
Es el emprendedor quien asume el riesgo frente a la incertidumbre, comprometiendo su capital para coordinar la producción. El Estado, por su parte, no facilita este proceso, sino que introduce obstáculos. Las barreras burocráticas y la carga impositiva extraen y paralizan los recursos del sector productivo. Un permiso administrativo que demora meses representa un costo irreversible donde la innovación se detiene. Del mismo modo, un impuesto representa una penalización directa al ahorro y a la inversión a largo plazo. Al expropiar una fracción del excedente. Ese capital drenado del mercado deja de financiar la estructura productiva para sostener el gasto político, transformando riqueza que iba a multiplicar la productividad del trabajo en recursos dilapidados sin cálculo económico (Ludwig von Mises demostró la razón por la que en ausencia de propiedad privada no se puede llevar a cabo cálculo económico racional y es por ello que la planificación centralizada del Estado está condenada a fracasar en comparación con el sistema de libre mercado y de propiedad privada).
La riqueza no se decreta, se construye.





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