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El futuro de las instituciones para la defensa de la libertad

Una reflexión ante la publicación de Hans-Hermann Hoppe, “Mises Institute: Quo Vadis?,” Property and Freedom Journal (Marzo 25, 2026).


Por: Martín Cabrera



El movimiento por la libertad se encuentra en un punto de quiebre. Nos encontramos en unaépoca en la que las ideas de la Escuela Austriaca y del anarcocapitalismo atraen una atención sin precedentes. Por esto mismo, las instituciones dedicadas a la defensa de estas ideas encuentran su prueba más dura: resistir a la tentación del poder político.


El Estado, por su propia naturaleza y definición, una institución agresiva que existe en base a la violación sistemática y masiva de los derechos de propiedad, siempre se ha beneficiado de una relación simbiótica con los intelectuales. En efecto, el Estado se beneficia de la propaganda realizada por los intelectuales que emplea, que influyen en la opinión pública a su favor, mientras que muchos intelectuales se benefician de un empleo permanente como propagandistas del Estado que no podrían mantener en un mercado libre, puesto que la demanda de ensayos de intelectuales en el mercado no es precisamente la más alta.


Por eso mismo, los intelectuales han desarrollado un papel fundamental en la legitimación del Estado, así como han sido fundamentales para el crecimiento de su poder. Es por esto que Hans-Hermann Hoppe desarrolló la idea de “intelectuales anti-intelectuales”, aquellos intelectuales que deciden enfrentarse al poder del Estado en defensa de la verdad, de la justicia y de la libertad.1


Toda institución comprometida con la defensa de las ideas austro-libertarias debe estar conformada por “intelectuales anti-intelectuales”. Si una institución de defensa de estas ideas se subordina a un gobierno, sea cual sea, justificándolo, por motivos de “pragmatismo” “mal,menor”, o cualquier otro, está firmando su sentencia de muerte. Esto significa que toda institución de defensa de las ideas austro-libertarias debe siempre ser rigurosa y mantenerse intransigente con la pureza teórica y con sus principios.


Ante esta exigencia de intransigencia, muchas veces surge una crítica: ¿No deberíamos estar abiertos al debate de todas las ideas? ¿No nos convertimos en dogmáticos al no dar espacio a visiones opuestas?


Es aquí donde debemos trazar una línea fundamental para el futuro de cualquier institución que desee defender las ideas de la libertad. Existe una diferencia abismal entre dogmatismo y el mantenimiento de estándares intelectuales, de la integridad, y la firmeza de los principios.


El debate riguroso es el motor de la academia y es fundamental en la búsqueda de la verdad. Dentro de la tradición austro-libertaria, existen debates muy interesantes e intensos. Existen debates sobre las posibles formas que podría adoptar un dinero fuerte, sobre la deshomogeneización de Mises y Hayek respecto a la imposibilidad del socialismo, respecto a si el fundamento de la praxeología es kantiano o aristotélico, sobre si la demanda de dinero afecta al tipo de interés, o sobre si la correcta justificación de los derechos de propiedad es el derecho natural de tipo rothbardiano o la ética de la argumentación hoppeana. Este es un debate sano, puesto que se mantiene dentro de un marco lógico riguroso. Pero no debatimos sobre si 2+2 es 4, ni damos espacio a quien quiera debatir eso, así como un departamento de matemáticas tampoco lo haría. No aceptarían que alguien afirme que 2+2 es 5. Esto no los convierte en “dogmáticos”, sino los convierte en profesionales serios y rigurosos.


De la misma forma, los principios éticos fundamentales, como el axioma de autopropiedad, y los derechos de propiedad privada basados en la apropiación originaria, la producción y el intercambio voluntario, con sus implicaciones directas (axioma de no-agresión, respeto de los contratos voluntarios que no contradigan estos principios fundamentales), son verdades demostradas. En instituciones de defensa de las ideas de la libertad no hay lugar para debatir en contra de estos principios.


Negarnos a ceder en nuestras plataformas a apologistas del estatismo y a políticos que violan estos principios (incluso si retóricamente los defienden) no es una posición dogmática, es, simple y sencillamente, tener estándares y ser firme en sus principios. Esto no significa no actuar: significa actuar siempre guiado por sus principios sin contradecirlos y con el fin último de alcanzar la meta.


El propósito de los centros de pensamiento no es buscar el aplauso de la clase política. Las victorias políticas son, en el mejor de los casos, temporales y frágiles.


El verdadero objetivo es mucho más profundo: formar mentes con el objetivo último de alcanzar una sociedad libre. Necesitamos construir centros abiertos y rigurosos donde la próxima generación de pensadores pueda estudiar economía, epistemología, historia revisionista y filosofía política sin las concesiones que exige el sistema.


El legado de Murray Rothbard, el fundador del movimiento anarcocapitalismo moderno y lo que conocemos como “austro-libertarianismo”, no persiste aún más de tres décadas después de su muerte (y tenemos la seguridad de que persistirá mientras la sociedad persista) porque haya cedido y haya decidido colaborar con el poder político para ganar fama. El legado de Murray Rothbard persiste (así como el de su mentor, Ludwig von Mises) porque Rothbard nunca cedió. Nunca cayó ante la tentación de obtener fama y poder, a pesar de que su brillante mente se lo habría permitido. Rothbard siempre se mantuvo firme en sus principios y en su defensa de la verdad, incluso cuando eso significó ir en contracorriente, e incluso contra antiguos aliados que se dejaron corromper por la tentación del poder.2


Este camino, el que siguió Rothbard, es el que deben seguir todos aquellos que desean defender la libertad, y el que debe marcar el rumbo de toda institución con este mismo propósito. La libertad no prevalecerá porque un político nos la conceda desde un podio, sino porque habremos educado a suficientes individuos libres, con cimientos inquebrantables, capaces de construir y sostener una verdadera sociedad basada en el derecho privado y el respeto absoluto a la propiedad.


La defensa de la libertad no admite atajos ni compromisos.


Como bien dijo Lew Rockell, fundador del Mises Institute:

En algún momento de nuestras vidas nos damos cuenta de que todo el dinero y todo el poder y los bienes que podemos acumular nos serán inútiles tras morir. Incluso las grandes fortunas pueden desaparecer después de una generación o dos. El legado que dejaremos en esta tierra se reduce a los principios por los que vivimos. Las ideas que sostenemos y la manera en la que las aplicamos son las fuentes de nuestra inmortalidad.3

1 Véase Hans-Hermann Hoppe, “The Role of Intellectuals and Anti-Intellectual Intellectuals”, republicado como capítulo 1 en ídem, The Great Fiction: Property, Economy, Society, and the Politics of Decline, Second Expanded Edition (Auburn, Ala.: Mises Institute, 2021), pp. 3-8.


2 Sobre esto, véase Lewellyn H. Rockwell, Jr., Fascismo versus Capitalismo, (Madrid: Unión Editorial, 2025), especialmente capítulos 8, 11 y 14, pp. 99-114, 135-140 y 175-187.


3 Íbid, p. 186.



 
 
 

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