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El gasto público no es inversión

Actualizado: 9 mar

Por: Miguel Hernández



El gasto público no es inversión. La inversión genuina surge del ahorro voluntario, está guiada por el cálculo económico y sometida a la prueba de ganancias y pérdidas. El empresario que invierte mal, quiebra. El funcionario que invierte mal, pide más presupuesto. Cuando el Estado toma recursos del sector productivo mediante impuestos o deuda, no está canalizando capital hacia usos socialmente valiosos. Está destruyendo el único mecanismo que permite saber si un uso es valioso: el sistema de precios libres. Sin propiedad privada real sobre los recursos asignados, sin riesgo patrimonial para quien decide, sin la disciplina de la pérdida, lo que queda no es inversión sino disipación de riqueza con justificación burocrática. Pensalo con la estructura de capital. La inversión privada alarga la estructura productiva porque responde a preferencias temporales reales: alguien posterga consumo hoy esperando mayor rendimiento mañana. El gasto público hace exactamente lo contrario. El político opera con horizonte electoral, no con horizonte de rentabilidad. Necesita resultados visibles antes de la próxima elección, lo cual sesga sistemáticamente el gasto hacia proyectos de alto impacto visual y bajo rendimiento económico. Rutas que no conectan nada productivo, edificios públicos faraónicos, subsidios que sostienen industrias que el consumidor ya descartó. Y acá aparece lo que Bastiat identificó y la profesión sigue ignorando: lo que se ve y lo que no se ve. Se ve la obra pública inaugurada. No se ve la fábrica que no se construyó, el empleo que no se creó, la innovación que no ocurrió porque el capital fue devorado por la maquinaria fiscal. Cada inversión estatal tiene un costo de oportunidad invisible pero real, y ese costo siempre es superior al beneficio, porque el mercado habría asignado esos mismos recursos según valoraciones reales de consumidores reales, no según conveniencia política. Argentina es el laboratorio perfecto. Décadas de inversión pública estratégica en las que el Estado construyó, subsidió, financió y planificó. El resultado no es una estructura productiva más compleja y capitalizada sino exactamente lo opuesto: desindustrialización, fuga de capital, infraestructura deteriorada y una economía cada vez más primitiva en su composición. Cada peso que el Estado argentino invirtió fue un peso que el sector privado no pudo destinar a acumular capital real. Y la diferencia se nota. El gasto público no es inversión por la misma razón que el robo no es comercio. Que el beneficiario reciba algo no convierte la transacción en voluntaria ni en productiva. La inversión requiere propiedad, requiere cálculo, requiere riesgo asumido con recursos propios. Todo lo que el Estado, por definición, no tiene y no hace. Llamarlo inversión pública no es un error semántico. Es una estafa intelectual.

 
 
 

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